¡Alto la música !
Tiene la muerte esa fastidiosa costumbre de siempre agarrarnos por sorpresa. El año pasado se nos fue Juan Pólito Baxin, y este año nos hemos quedado con el recuerdo imborrable de Tío Guillo, Guillermo Cházaro Lagos y también de Rodrigo Gutiérrez Castellanos. Andrés Alfonso Vergara fue un estupendo arpista que se caracterizó por el inconfundible timbre de su vibrante voz. Como heredero de los conocimientos –tanto musicales como lauderísticos– de su papá, el legendario Pedro “Perico” Alfonso Vidaña, Andrés desempeñó un papel muy importante en el proceso de crecimiento del arpa jarocha. Él fue uno de los primeros músicos veracruzanos y lauderos que se encontraban en la Ciudad de México, cuando a criterio de los productores cinematográficos este cordófono jarocho debió crecer de tamaño para permitir la ejecución de pie por parte del arpista. Para ello, Andrés Alfonso modificó el ángulo de la base del arpa que antes era recto y lo hizo obtuso. Queremos hoy compartir con nuestros lectores algunos extractos de la siguiente entrevista.“Tenía yo como siete años cuando empecé a andar con mi papá por los ríos. Andábamos de “ancheteros”, como se decía entonces. Íbamos vendiendo cosas en nuestra lanchita que era como una tienda, una miscelánea flotante. Vendíamos ropa, cazuelas, pan, en fin... todo lo de abarrotes. A mí me tocó recorrer el río San Juan. Otros iban por el Tesechoacán, como “Goyo Mondongo” a quien tú ya conoces (QEPD). Mi papá llegaba con su jaranita. Él siempre traía su jaranita y ya lo conocían. Por la tarde, cuando llegábamos a una ranchería, la gente compraba y platicábamos un rato hasta que la misma gente le pedía : “¿No va usted a tocar tantito, don Pedro ?”. Entonces saltábamos a tierra y se hacía un pequeño fandango, hasta no muy tarde ; y hacíamos estación para esperar la ordeña. A mí los chamacos ya me conocían y me iban a levantar temprano para llevarme con ellos. Yo ya sabía y me llevaba galletitas de esas “biscuit”, para convidarles. Las tomábamos con leche calientita todavía... claro que me llamaban con todo el gusto. Así me iba yo con mi papá, trabajando y aprendiendo.
Cuando aprendí a tocar un poco, a veces, mi papá me llevaba con los jaraneros. Recuerdo mucho las tocadas con “Tío Mele”. Melesio Vilaboa Pérez hacía muy buenas jaranas y las tocaba muy bonito. Las llevaba a estrenar al fandango y allí mismo las vendía. También recuerdo a don “Chico” Aguirre, que creo que fue revolucionario. Dicen que él mató a Vidal Tenorio, “El Cabezón”. “Tío Chico” andaba por toda la zona y traía una escolta, pero le encantaba la música. Entre su gente estaba un arpista de Tierra Blanca. Éste se quedó después en el ingenio de San Cristóbal. Esa gente se juntaba en el zócalo de Tlacotalpan, a tocar. A “Tío Chico” le gustaba mucho cantar los sones. Mi papá decía : “¡Esto es lo que yo quiero que tú toques !”, refiriéndose al arpa. Yo pensaba ¿cuándo ? En primeras ni el arpa tenía... Después me dio mi “Papa Chema”, José María Vergara Sacramento, un arpa suya, que medio la tocaba un poco, y me fui a ver a don Fidel Barrán. Lo primero que me enseñó fue a afinarla. Claro está que eso, para mí se me hizo un polvo, porque ya sabía afinar la jarana. Enseguidita aprendí eso, que ya fue dar un paso agigantado. Afinar es lo principal. Después me enseñó a agarrar la octava, pero en ese juego se nos fue la vida y no me supo decir más ; ni cómo iniciar un son. La cosa es que yo no avancé mucho en esa época.
El tocayo Huesca
Quien me vino a enseñar cómo tocar los bajos y cómo hacer mis primeros ejercicios fue Andrés Huesca. Lo que son las cosas, ¡fíjate ! Yo entro en contacto con él en una parranda que organizó “Paco Tripa” de aquí del Puerto, que le decían el “Alma Jarocha”. Yo iba de jaranero y era en casa de un supermillonario. Allí estaba Andrés tocando. Ya sus hermanos no existían, ni Víctor, ni Juan. Nos pusimos a tocar juntos, luego se puso él una borrachera tremenda y lloraba mucho, me decía que le recordaba a su hermano porque tocaba yo muy parecido y se ponía a llorar. Así empezó nuestra amistad. Cuando él tenía una chambita particular y no podía llevar a los trece que eran “Los Costeños”, me invitaba. Íbamos Toño, el gordito, Andrés y yo. Después lo empecé a visitar en los lugares donde él tocaba. En ese tiempo me puse a hacer un arpa, porque resulta que se le rompió una a Nicolás y quedó toda desbaratada. Yo se la arreglé. Eso me impulsó para hacer una yo, puesto que me había fijado cómo era por dentro. Así fue como ya tuve yo un arpa y empecé a tocar más”. La entrevista completa está incluida en el libro Por su Propia Voz. Pláticas con músicos y decimistas jarochos que forma parte de la Colección Editorial Testimonios Jarochos y se encuentra ya en imprenta. Próximamente, gracias al interés del Gobernador Fidel Herrara Beltrán, Dicha Colección será presentada en el marco de las conmemoraciones históricas de este año.
¡que siga la música !
Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.
andrescimas@gmail.com



