¡Alto la música !
La palabra de origen francés “ballet” significa : danza estilizada que desarrolla un argumento (RAE), y por su parte, el término “folclórico” –del inglés folk : common people, gente común o pueblo ; y lore : traditional knowledge o conocimiento tradicional– se refiere al conjunto de las tradiciones, costumbres, canciones, etc., de un pueblo, país o región (Espasa-Calpe) ; y también al conjunto de creencias, costumbres, artesanías, etc., tradicionales de un pueblo (RAE). Por lo tanto, la conjunción de ambos términos “ballet folclórico” constituye un oxímoron que equivale a decir : la danza estilizada que bajo un argumento desarrolla el conjunto de creencias, costumbres, artesanías y canciones tradicionales de un pueblo. Llama la atención que palabras más, palabras menos, todos los ballets folclóricos manejan discursos similares que ofrecen plasmar las tradiciones populares.
que no deja nada al azar, ni siquiera la espontaneidad
Proyecto de Estado
Al entrar las dos primeras revoluciones del siglo XX –la mexicana de 1910 y la rusa de 1917–en su etapa de institucionalización, uno de los proyectos de Estado tendientes en ambos a cohesionar el mosaico de regiones culturales que conformaba sus respectivos países, y que en su enorme disparidad dificultaba su consolidación como nación, fue la implementación de políticas de integración cultural. “La noción (de) que las fiestas pudieran servir como vehículos poderosos para el forjamiento de nuevas identidades ha sido desde hace mucho tiempo reconocida por los arquitectos sociales, tanto de la derecha como de la izquierda. Uno de los primeros fue Jean Jacques Rousseau, quien, inclusive antes de la Revolución Francesa, sugirió el uso de los festivales como un tipo de “dramaturgia social” que instruiría y a la vez haría surgir un ser humano liberado. Más tarde, cuando ocurrió la revolución, los festivales fueron inmediatamente colocados en su lugar [...] Experimentos similares ocurrieron también al final de las Revoluciones Rusa y Mexicana, con festivales recién creados que servían como analogías seculares inculcando fe en el estado naciente. (David M. Guss, El Estado Festivo. Raza, etnicidad y nacionalismo como representación cultural. Fundef. Caracas, 2005”). La relación entre el gobierno y los ballets nace, en efecto, desde los inicios del México post-revolucionario, pero adquiere un carácter permanente a partir del sexenio de Adolfo López Mateos (1958-1964). En 1959, dicho presidente otorgó un decidido respaldo a Hernández que le permitió consolidarse bajo el nombre de Ballet Folclórico de México.
Como relojito
Negar el mérito escénico y el rigor con que se acomoda cada una de las piezas dentro del elaborado entramado que compone este tipo de producciones, es un desacierto tan grave como igualmente lo es el conferirle a los espectáculos resultantes un valor de rescate de la expresión popular en que se basan. En ambos casos, extremos opuestos y a la vez coincidentes en su despropósito, se impone una realidad que va mucho más allá del simple gusto o la afinidad personal. El ballet folclórico llevado al nivel de profesionalismo como lo hizo Amalia Hernández, implica la certeza de no dejar nada al azar, en un ejercicio de planeación perfectamente bien calculado cuya ejecución no permite margen ninguno para la improvisación. Esa que es sin duda su mayor virtud, constituye a la vez su principal distancia con respecto de la espontaneidad que requieren las expresiones populares como la música y el baile. Los espectáculos de este tipo de ballets conforman una maquinaria compleja cuyo funcionamiento debe estar previsto hasta el más mínimo detalle en todo momento, desde antes del inicio hasta la caída del telón, de acuerdo con un guión exacto. Es por ello que paradójicamente en su eficacia radica su deficiencia. O cuando menos, su desapego fundamental en relación con la frescura que implica la participación personalizada y el despliegue de creatividad individual que requieren las músicas regionales. Mientras éstas se basan –como toda creación popular– en la manera particular que cada cultor tiene de interpretar a su modo un determinado género, como el son jarocho, y le da vida al momento de acuerdo con sus propias posibilidades creativas ; en el ballet folclórico sucede al revés, el acto de creación ya fue consumado en un proceso previo, y queda concluido a partir de que el guión ha sido diseñado y definido en cada una de sus partes, la coreografía, la escenografía, las luces y todos los aspectos técnicos. Ya sólo corresponde al ejército de bailarines, músicos y demás personal auxiliar seguir estrictamente ese guión al pie de la letra, sin añadir ni quitar absolutamente nada. Cada giro, cada paso, cada sonrisa es un acto de profesionalismo ; y el baile visto así, es casi un deporte de alto rendimiento.
¡que siga la música !
Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.
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