¡Alto la música !
Del rock al son, a través de la fiebre de las peñas de música latinoamericana
La sicodelia fue efímera. Como endeble rama, aquella alucinada moda del “Flower Power” se marchitó. La aberración de la guerra en Vietnam, arrasó entre el napalm y el ácido lisérgico, por igual aquellas llanuras asiáticas que a las mismas juventudes hippies norteamericanas. Al disiparse ambas neblinas, la desolación se trocó en desilusión. El rocanrol, por lo menos aquel que surgió espontáneamente como reclamo generacional contra el “establishment”, con su greñuda filosofía de “rebeldía sicotrópica”, ya no despertó más. Tampoco algunos de sus “héroes”. Jimi Hendrix (1942-1970) se ahogó en su propio vómito, sin haber logrado siquiera digerir su arrolladora y electrizada aportación musical. La incipiente revolución de las panteras negras se diluyó. Sus reclamos de pretendida supremacía étnica, cedieron ante la idolatría del “American Way” y su sociedad del supremo consumo. “The dream is over” (el sueño terminó) todavía alcanzó a constatar John Lennon (1940-1980), poco antes de su asesinato. No fueron, en efecto, nada sencillas las décadas de los setentas y ochentas.
allá por el año de 1980
La moda “postsesentayochera hipitecochilanga”
Entre toda esa confusión, algo quedaba muy claro : el rocanrol obviamente no desaparecería. Cómo podría hacerlo, si ofrecía la incomparable oportunidad de crear una nueva y muy jugosa industria masiva de consumo “contestatario oficial”. Después de Avándaro (11 de septiembre 1971), deslucida pero significativa reivindicación local de festivales como Woodstock (1969) y Isle of Wight (1970), los tumultuosos convivios hippies, dieron pie al floreciente negocio de los grandes conciertos. Estos eventos se multiplicaron en volumen (estruendo y cantidad) ; y sobre todo en ganancias... “bisnes son bisnes”. Hacia fines de los setenta, el Rock & Roll ya se había convertido en una próspera industria, cuyo emporio siguió –y por lo visto seguirá– vendiendo a los jóvenes la ilusión de ser oficialmente “alternativos”. No exagera Lora cuando dice que hay que practicarlo como deporte. Así las cosas, en la Ciudad de México, (que por aquel entonces representaba indudablemente la vanguardia política y cultural del proyecto centralista del Estado mexicano), para un cierto sector social, principalmente universitario y de tendencias “izquierdosas”, el profundo vacío que enfrentó el posthippismo, encontró dos importantes símbolos que se convirtieron en su nueva bandera cultural : el Che Guevara y la música folclórica latinoamericana. En ese contexto, la imagen del guerrillero argentino/cubano (muerto en Bolivia en 1967), ataviado con su clásica boina de la estrella y su melena tipo rocanrolero, representaba una esperanza ante el hegemonismo del “Tío Sam”. El calor de las arengas de Castro, sazonaba –a su muy peculiar manera– la llamada guerra fría. Por su parte, el asesinato del presidente Allende, (también un 11 de septiembre, pero de 1973) extrapoló la simpatía popular de una cierta intelectualidad de pretendida tendencia izquierdista, hacia la música latinoamericana. El ámbito que sirvió como punto de reunión de esa juventud posthippista universitaria, fue sin duda el de las llamadas Peñas Folclóricas. Ubicadas casi todas en barrios residenciales del sur del D.F., proliferaron entonces peñas como la del Nahual, la del Cóndor Pasa, del Sapo Cancionero, de Coyoacán entre muchas otras.
Fervor latinoamericanista de escasa mexicanidad
En todos estos sitios, era indispensable la presencia sonora “latinoamericana”, aunque en realidad era poco lo que se sabía de dicha región y sus especificidades, tanto políticas como culturales y sobre todo musicales. El plato fuerte en la enorme mayoría de aquellas veladas era sin duda la música andina. Existía una impresionante cantidad de interpretes de charango, sikus, zampoñas y demás flautas autóctonas, que con el indispensable poncho entonaban –algunos incluso muy bien– zambas, huaynos, carnavalitos, cuecas y demás ritmos suramericanos. Allá por 1975, bajo una aureola de heroísmo y gloria revolucionaria, llegó a México Ángel Parra, hijo –sí– de la inolvidable compositora Violeta Parra, quien fuera una gran conocedora de la música folclórica de su natal tierra chilena. Ángel afortunadamente, no corrió la misma trágica suerte de es otro músico chileno Víctor Jara, cruelmente asesinado por los gorilas pinochetistas ; y logró ser expatriado. Tuve la fortuna de acompañarlo –como percusionista de su grupo– en unos memorables que dio en el Auditorio de la Ciudad de México.
Años atrás y por razones menos sanguinarias, había llegado también a México el –ya desde jovencito– excelente arpista paraguayo llamado Celso Duarte. El dúo de Celso con su compatriota Irineo a la guitarra, llegó a ser una de las figuras máximas de dicha época ; y prácticamente el “sello de casa” de la Peña el Cóndor Pasa, durante cerca de diez años. Imposible es no mencionar aquí la inolvidable presencia escénica y potente voz del estupendo compositor uruguayo Alfredo Zitarrosa, quien impecablemente trajeado de negro, deleitaba con sus plañideras milongas y –lo descubrimos después– su sentida poesía en décimas. Hablar de rocanrol es ese contexto, se consideraba de mal gusto, o quizás una señal de ser “progringo”. Paradójicamente, en aquel mundo de las peñas, no obstante su pretendida reivindicación –superficial sí, pero reivindicación al menos– de “nuestra identidad como latinoamericanos”, en oposición a la cultura imperialista, era prácticamente inexistente la música mexicana. De hecho, salvo contadas excepciones como el gran Salvador “Chava” Flores (1920-1987), con sus fabulosas crónicas de la mexicanidad chilanga ; y en menor medida la gracia y peculiar timbre de voz de Amparo Ochoa (1946-1994), la música mexicana no se escuchaba mucho en las peñas folclóricas de la Cuidad de México. Eso cambió.
La Peña Tecuicanime y Arcadio Hidalgo
Sin embargo, la etapa de las peñas sirvió para tender un puente hacia lo que hoy en día de ha vuelto –para bien y para mal– una verdadera moda : el son jarocho. Y es que fue a instancias de los dueños de la peña Tecuicanime, que el etnomusicólogo Guillermo Contreras puso en contacto a don Arcadio Hidalgo Cruz (1893-1984), con los hermanos Gutiérrez. Comenzó así, Arcadio Hidalgo y el Grupo Mono Blanco. Grupo que después se convertiría en impulsor del llamado movimiento jaranero. Sobre este capítulo recomiendo a nuestros lectores la lectura del libro titulado La Mona, del compa Juan Pascoe. Este libro ofrece una interesante información de primera mano, ya que el propio Juan formó parte de dicho grupo... Del rock, a la música latinoamericana y el son... ¡que siga la música !
Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.
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