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Entre la devoción y el frenesí
Fiestas patronales en Tlacotalpan



Publicado en el número 8 de la revista Centenarios de Veracruz, editada por la Secretaría de Educación del Estado de Veracruz. Las fotos provienen del libro titulado Tlacotalpan, Veracruz. Patrimonio Cultural de la Humanidad. Colección de fotos del Lic. Armando Pous Escalante.


La brisa ribereña no alcanzó a despejar del todo el sopor dulzón de tu nostálgica belleza. Desbordada en mitos y fantasías, la oleada de visitantes, te tomó como es costumbre, por sorpresa ; pero te entregaste plena en el festejo, Tlacotalpan, de tu Virgen de la Candelaria. Al tañer de las festivas campanadas, vibraron añejas resonancias de épocas ya idas. Cuando el Río de las Mariposas mecía en su caudal majestuoso a los antiguos pobladores nahuatlacos, paseando a Chalchiutlicue –la de las faldas de jade– diosa de las aguas vivas por ellos verenada. Primigenio ritual que después, durante la Colonia, los misioneros retomarían con la imagen de la Virgen, en aras de favorecer la evangelización de los naturales. Surge así la sincrética cimiente de nuestra mestiza idiosincrasia mexicana.

Luz Marinera

Siendo una de las advocaciones de la Virgen María, el origen de la Virgen de la Candelaria, se remite a la Isla de Tenerife en las Canarias ; donde en 1559, fue nombrada Patrona de Canarias por el Papa Clemente VIII. Después, Pío IX la declaró Patrona Principal del Archipiélago, el 12 de diciembre de 1867 ; y finalmente, el 13 de octubre de 1889, fue coronada canónicamente como la Quinta Imagen Mariana de España, por Don Ramón Torrijos, Obispo de Tenerife. La coincidencia de estas dos últimas fechas, siendo el 12 de diciembre, en México, Día de la Virgen de Guadalupe y el 12 de octubre, Día de la Raza, no es de ninguna manera fortuita. Se trata, a todas luces, de un diseño intencional para facilitar la administración novohispana de los evangelios.
El archipiélago canario, constituye una ineludible referencia en la historia de la conquista de América, ya que sus islas fueron un paso obligado para las embarcaciones que zarpaban desde la península ibérica, rumbo al Nuevo Mundo. Es por ello que la devoción por la Virgen de la Candelaria fue muy popular entre los marineros, quienes a ella se encomendaban durante tan ardua travesía. La candela que porta la imagen, simboliza la luz que ilumina la ruta correcta, o el camino del bien ; también se le asocia con el Astro Rey solar o la Pachamama de raigambre incáica. Actualmente, la Candelaria es venerada en muchos de nuestros países americanos, entre ellos Honduras, El Salvador, Costa Rica, Cuba, Puerto Rico, Perú, Bolivia, Colombia y Venezuela. En México, fueron los llamados “Juaninos” de la orden granadina de San Juan de Dios, quienes introdujeron a principios del siglo XVII, la devoción por la Virgen de la Candelaria. Sin embargo, en Tlacotalpan la capilla en su honor, se terminó de edificar hasta 1786. En aquel entonces, en virtud de su ubicación a prudente resguardo tierra adentro, pero con una amplia desembocadura al mar que permitía la navegación de gran calado, el puerto fluvial tlacotalpeño era un lugar estratégico. Esa condición privilegiada lo mantuvo durante muchos años como un importante detonador para el desarrollo económico de la región. En contraparte, también facilitó el que las tropas francesas ocuparan Tlacotalpan en 1862. El 9 de mayo de 1865, quedó elevada a la categoría de Ciudad, y llegó a ser provisionalmente capital del Estado. Su Palacio Municipal se construyó en 1890, y partir de entonces se estableció el estilo arquitectónico que la distingue. Ciudad consentida suya, se le llamó Tlacotalpan de Porfirio Díaz en 1896. Después, al estallar las reyertas revolucionarias, ese nombre cambió. La ciudad entonces decayó y quedó como supendida en el tiempo, al suspiro de sus glorias pasadas. Parodójicamente, el tiempo trocaría aquella apesadumbrada inmovilidad por beneficio, cuando la Perla del Papaloapan despertó de su letargo, convertida en Patrimonio Cultural de la Humanidad. En diciembre de 1998, la UNESCO fundamentó dicha declaratoria patrimonial en su trazo y arquitectura como histórico crisol de las tradiciones españolas y caribeñas, de excepcional importancia y calidad.


Casitas pintadas de alegría

El flamante nombramiento reavivó también la sed de fantasías. Resoplaron por callejones y pasillos tlacotalpeños nuevas historias, sumándose a los, ya clásicos, mitos locales ; atesorados en la vitrina del rumor popular, como aquel del doble natalicio del músico poeta, Agustín Lara. Inaugurado desde el 12 de octubre de 1976, el Puente Tlacotalpan esperó con sólido estoicismo, hasta que aquel paso aburridoramente ocasional de sus primeros días, se convirtiera en la interminable fila de coches y autobuses que ahora lo cruzan ansiosos, rumbo a las fiestas de la Candelaria. Tlacotalpan es nuevamente colmada por una multitud exitada, cuyas demandas alcanzan niveles acaso más altos que los de aquellas legendarias inundaciones, como la última grande de 1969. Los hoteles, que nunca se dan abasto durante los días de fiesta, tienen hechas reservaciones desde, por lo menos, un año antes. Sin embargo, al igual que el jarrito del refrán, todos se sabrán acomodar.
Días de asueto, en los que paradójicamente muchos lugareños no ven tiempo de reposo... pero no importa ya descansaremos después, lo importante es aprovechar las fiestas y qué mejor si dejan algún dinerito, que nunca sobra. La fugaz derrama económica no está para desdeñarse. Los requerimientos son muchos y el talento abunda. Agobiadas de calor, las fachadas de las casas se refrescan pintándose de ingeniosas combinaciones en estruendoso multicolor. Poca es la gente tlacotalpeña que no pinta su casa de alegría. Y más ahora, en vísperas de la fiesta. Ya brotaron por las calles, aquí y allá, improvisados puestos para delicia del visitante que gusta de la comida cuenqueña. Pruebe el exquisito tapixtle, al acuyo inconfundible ; o descubra la espumeante bebida de raíz de popo endulzada de cacao. No se olvide de los volovanes (del francés : vole au vent, vuela al viento) y no deje tampoco de llevar sus marquesotes, ni las empanadas de guayaba ; para rematar –por qué no– con un dulcecito de almendra. El trashumante bullicio de los puestos de feria, invade la avenida Carranza, desde el Mercado Dehesa, hasta una cuadra antes de llegar al parque Zaragoza. La feria comercial, al igual que las Décimas de la Tienda, ofrece mil clases de chucherías. Cacofónicos pregones atacan con sus ofertas. No faltan tampoco los futbolitos, el tiro al blanco, los dardos revientaglobos, la lotería, ni las canicas. A un costado de la Iglesia de San Miguelito se han alzado ya los juegos mecánicos, coronados por su Rueda de la Fortuna. Entre la nueva muchedumbre cruzada de miradas expectantes, se distinguen ya guindadas las jaranas, como augurio de inspirados amaneceres al pie de una inagotable tarima. El festejo de cada reencuentro se funde en abrazos, al brindis de sonoras carcajadas. La caída de la noche luminosa, logró por fin sorprender en su embriago a la impaciencia. Mañana es el gran día.


Cabalgadura de antaño

El día 31 de enero, dando formalmente inicio a la fiesta, más de cincuenta parejas de jarochos realizan un simbólico recorrido a caballo. Parsimonioso el paso, avanzan en dos vistosas columnas cosechando aplausos e intercambiando saludos en medio de una interminable valla de curiosos. Ella luce, hermosa, el típico traje de la jarocha con deshilada enagua, camisón y pañuelo, coronada de cachirulo, moño rojo y flor. Él se muestra gallardo con guayabera, botín, paliacate y jarocho sombrero de cuatro pedradas. Rememoran en su andar, aquella época en que el caballo era centro y soporte de la vida en las grandes haciendas ganaderas. Tiempos, hoy inconcebibles, cuando la gasolina era pastura y las autopistas, caminos reales. Resulta difícil, imaginar siquiera cómo eran aquellas enormes extensiones de tierra, regidas autocráticamente desde la Casa Grande de una imponente hacienda, cuyos feudos, de origen colonial, solían ser mayores que varios de los actuales estados de nuestro país.


La Hacienda de la Estanzuela

Para entender cómo se implementó la posesión de la tierra en Nueva España, es necesario remontarnos hasta 1493, cuando la Bula Papal de Alejandro VI entregó las tierras recién descubiertas a la Corona Española, bajo condición de que ésta asumiera el compromiso de evangelizar a los indios ; razón por la cual las nuevas tierras se denominaron como “realengas”, por haber sido obtenidas mediante su conquista. A partir de dicha bula, el Rey quedaba en facultades de hacer la “donación graciosa” de bienes realengos. Enormes extensiones de tierra fueron así donadas, por gracia del Rey, mediante la institución colonial denominada Mayorazgo. El primer Mayorazgo fue directamente otorgado por los Reyes Católicos el 27 de julio 1529, a Hernán Cortés de Monroy y Pizarro, nombrado primer Marqués del Valle de Oaxaca, garantizándole tanto la posesión como la sucesión hereditaria de las posesiones y rentas que lo conformaban. El enorme Mayorazgo de la Estanzuela, que incluía entre otros, los actuales municipios de Tlalixcoyan, Tlacotalpan, Cosamaloapan y Tierra Blanca donde se ubicaba su casco, se otorgó igualmente en el siglo XVI en favor de Don Fernando de Rivadeneyra y se mantuvo en manos de sus sucesores casi hasta mediados del siglo XIX. Los grandes cambios suscitados por la revolución, terminaron con aquellos inmensos latifundios. Finalmente, al peso de su propio gigantismo, se desintegraron las grandes haciendas, no sin antes haber marcado profundamente la cultura jarocha.


El toro por los cuernos

No deberá sorprendernos, el que se encuentren también antecedentes prehispánicos, en el origen del tradicional embalse de los toros que cruzan nadando, desde la ribera de enfrente, para ser –bien que mal– ofrendados durante la fiesta. Desde antes de la llegada de los españoles, los indígenas que habitaban del otro lado del río también acostumbraban traer sus ofrendas, a la en aquel entonces isla de Tlacotalpan. Más tarde, dicha ofrenda se sincretizó y la gente pudiente regalaba un ganado. Este se pasaba nadando y aquí se le “cansaba” toreándolo dentro de corrales montados para la ocasión ; para después ser sacrificado y repartir su carne entre la gente más pobre de la población. Párroco de la iglesia de San Cristóbal, bajo cuyo resguardo se encuentra la imagen de la Virgen, el padre Ruperto Pérez Morín, señaló en 2008, que ése era el sentido original de los toros : ofrendar a la Virgen, repartiendo la carne de aquel ganado entre los pobres.
Hoy en día, los toros, indudablemente despojados ya de su sentido original, son motivo de una exacerbada polémica que enfrenta dos posiciones extremas. Por una parte, están quienes los defienden, bajo el cuestionable argumento de que constituyen “una tradición popular”, llegando incluso a negar que se les martirice en forma alguna ; eso es un mito afirman... Y por el otro, suenan las voces de indignación que año con año, levantan diversas sociedades protectoras de los animales, pidiendo que se detenga tan deplorable maltrato. Dichas sociedades, al igual que diversos sectores de opinión, sostienen que es precisamente bajo el influyo de los otros “toros”, es decir de las bebidas alcohólicas, que los astados suelen ser heridos y vejados por una frenética multitud, que disfruta la adrenalina de su impune crueldad colectiva. Más allá de las palabras, año con año, aparecen videos que exhiben dichos maltratos, pero hasta la fecha ninguno de los dos bandos ha logrado, en este diálogo de sordos, tomar el toro por los cuernos.


Sublime en tu espejo fluvial

En contraste, donde todo el mundo coincide –creyentes o no– es en reconocer que uno de los momentos más conmovedores y hermosos de toda la fiesta, es precisamente el sincrético paseo de la Virgen de la Candelaria, por el Padre Papaloapan. Cómo resistirse ante ese río, pintorescamente salpicado de pequeñas embarcaciones que escoltan y cantan sus sirenas a la Virgen Patrona, bajo un cielo de arreboles sonrojado. Éste, para muchos, es el momento más sublime de toda la fiesta ; tan breve sobre el espejo fluvial, como profundo en simbolismo y de perdurable memoria.

Baluarte de identidad

Una voz surgida –urgida dirían otros– hacia finales de los años setenta y desde entonces tantas veces repetida que no falta quien así lo crea, es la que agarró la onda (radiofónica) diciendo que Tlacotalpan es la cuna de la música jarocha. En efecto, cuando en 1979, Radio Educación, junto con el arquitecto Humberto Aguirre Tincoco, director, en aquel tiempo, de la Casa de Cultura, invitaron en cadena nacional, a la celebración del Primer Concurso de Jaraneros en Tlacotalpan, Veracruz, “la cuna del son jarocho”, era realmente urgente hacer mucho ruido, ya que nadie conocía tan recóndito lugar. Y el ruido creció y creció, tejiendo a su paso nuevas fantasías y sumando adeptos. Actualmente, el Encuentro de Jaraneros de Tlacotalpan, se ha convertido en la tribuna mayor del llamado movimiento jaranero. Movimiento que nació al embrujo del supuesto rescate de la “verdadera” música jarocha. En sus inicios, el grupo Mono Blanco, pionero de dicho movimiento, escudado en la veteranía de don Arcadio Hidalgo Cruz, se anunciaba como el grupo que rescataba la “auténtica” tradición campesina de la música jarocha. El discurso, es cierto sonaba atractivo y fascinados, muchos lo asumimos, sin profundizar más en el asunto. Sin embargo, el tiempo ha dejado en claro, que tanto el Mono Blanco como el propio movimiento jaranero, son eminentemente urbanos ; y tienen muy poco o nada que ver con la vida campesina. Por otra parte, la música rural jarocha, siempre ha estado ahí, en su ámbito natural : el campo ; como se podrá dar cuenta cualquiera que, alejándose del medio urbano se acerque a ella. Hoy en día, un buen ejemplo de lo que es la música campesina jarocha, se puede escuchar en la tradición de los velorios tuxtlecos.
El movimiento jaranero, es una vertiente importante dentro de la música jarocha, aunque no la única. Como sub-género, constituye, una de las modalidades que ha logrado mayor impacto comercial ; tanto como los ballets folclóricos institucionales. Pero, más allá de etiquetas que usan y abusan de palabras como tradición o rescate, lo verdaderamente importante es que hoy en día existen miles de jóvenes, que se acercan al son jarocho, como un asidero cultural ; porque encuentran en esa música un referente de identidad veracruzana y por ende mexicana. Esa juventud ha optado por una expresión musical nuestra, frente al embate transculturización que propagan los medios masivos. De ese punto de vista, es francamente positivo que esos jóvenes cuenten con foros, abran nuevos espacios y se reúnan en encuentros como el de jaraneros de Tlacotlapan. Encuentro que este año celebró su trigésimo aniversario, y cada cual a su manera, todos lo celebramos.
No será la cuna, puesto que el son nunca la tuvo ; tampoco será el único lugar donde se cultiven nuestras tradiciones musicales veracruzanas, pero eso sí...es Tlacotalpan. Y eso nos basta para sentirnos todos, junto con los tlacotalpeños, muy orgullosos de nuestra entrañable Perla del Papaloapan. Baluarte de nuestra identidad. En fin, como dice la coda del estribillo del son del Palomo : da la vuelta y vámonos. Ya será hasta el año venidero en que nos volvamos a ver... si nos das licencia virgencita.

Andrés Barahona Londoño