¡Alto la música !
Durante el virreinato las principales atracciones públicas para el esparcimiento de la clase alta, fueron las peleas de gallos, las corridas de toros y los espectáculos teatrales incluyendo la dramaturgia, la música y el ballet. En ese contexto, el primer teatro oficial de Nueva España, el llamado Coliseo de México, jugó un papel muy importante no solamente por haber permanecido activo en sus distintos planteles durante más de dos siglos (258 años en total) ; sino también porque fue utilizado por las autoridades virreinales para influir sobre un amplio público que incluía también a las clases sociales más bajas. En tal sentido, el Coliseo cumplió con una triple finalidad de acuerdo con las siguientes prioridades : La beneficencia, la formación en valores cívicos y el entretenimiento.
La beneficencia consistía en que parte considerable de los ingresos que generaba dicho teatro se destinaba al funcionamiento de los hospitales. De hecho, el primer edificio que ocupó el Coliseo se ubicaba precisamente junto al Hospital Real de los Naturales, en una estrecha simbiosis administrativa entre estas dos actividades distintas que marcaría la historia de ambas. Así, la necesidad de generar recursos explica en parte el interés por captar un público lo más extenso posible, razón por la cual la programación que presentaba el Coliseo, incluía una amplia variedad de espectáculos desde la ópera, la representación teatral y la danza de corte europeo, hasta la interpretación de bailes y cantos populares españoles o mexicanos ; e incluso la participación de mimos, cómicos y titiriteros. Sin embargo, las distintas clases sociales no se mezclaban, ya que existían vías de acceso privadas para los palcos exclusivos de los ricos, y por otra parte, entradas diferentes hacia los lugares populares que ocupaba el resto del público.
Existía entonces una detallada reglamentación que los funcionarios encargados de supervisar este tipo de presentaciones, censores, jueces de teatro y el virrey mismo, aplicaban con bastante rigor, en el entendido de que por tratarse de una instancia pública, el Coliseo debía ser una expresión de : “...honestidad y moderación, destinada a la corrección de vicios, a la instrucción del pueblo, al alivio de la frágil naturaleza humana, mediante honesto recreo, que lleve al auditorio al ejercicio de mayores virtudes”. (Manifestaciones teatrales en Nueva España. Germán Viveros). El primer Teatro Coliseo fue inaugurado en 1673 y permaneció activo hasta 1722, fecha en que sufrió un incendio. En 1725 se estrenó el segundo que se conocería como Coliseo Viejo, y en 1753 se construyó un tercero al que se le llamó Coliseo Nuevo y después Teatro Principal.
El término “son” en el ámbito del Coliseo
En el contexto de la exacerbada censura del siglo XVIII, poco a poco y no sin dificultades, se van a ir abriendo paso en las representaciones del Coliseo los aires populares autóctonos mestizos conocidos como “sones”. “Desde la segunda mitad del siglo, las formas bailables de México y la América hispánica habían empezado a destacarse en los intermedios, y casi no había función en la que no se presentara alguna de ellas. En el último cuarto del siglo se bailaron en el Coliseo, entre otros “sonecitos” : La bamba poblana, Los bergantines, El curritico, Los chimiztlanes, El churripamplí, La cosecha, el perseguido Jarabe, La jarana, considerada “un sonecito harto lúbrico (Lujurioso), El gato, Los negrillos, El fiscalito, El toticonichi, Los Tajamaniles y El Zanganito”. (La Danza en México durante la época colonial. Maya Ramos Smith).
Hay una clara diferencia entre la indignación con que se refiere al “son” del Pan de Manteca un escandalizado sacerdote en su denuncia ante la inquisición, y el tono de cariñosa familiaridad con que se mencionan los “sonecitos” en los programas del Coliseo. Este uso del diminutivo es de índole muy mexicana : “espérame tantito que ahorita vengo”. En el siglo XVIII, el pueblo a sus sones los llama cariñosamente sonecitos. Viendo cómo los atacaba y los reprimía el sector más conservador y recalcitrante del clero, la gente respondió “apapachando” a sus sones, en una dinámica de permanente polarización ante la autoridad que se ha venido arrastrando desde el inicio de la Colonia, quizás incluso desde antes y seguirá subiendo de tono. Es por ello, tan significativo que en los anales del Coliseo hayan quedado registrados –ya referidos como “sonecitos de la tierra”– los nombres de algunos aires que no obstante haber desaparecido por causa de la mojigatería puritana, fueron parte del proceso de conformación de las músicas jarochas. Hacia finales de siglo, la tensión acumulada de tiempo atrás, está a punto de estallar. Como sabemos, no pasará mucho más tiempo antes de que esto suceda.
¡que siga la música !
Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.
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