¡Alto la música !
Hoy en día, la interpretación del son jarocho ha sido adoptada como parte esencial de su expresión musical, por una enorme cantidad de personas que habiendo o no nacido en Veracruz, y en muchos casos, sin mantener un vínculo directo con el Estado, han encontrado en dicha actividad una afición o incluso una fuente de trabajo. En el contexto de un mundo que tiende hacia la globalización bajo el impulso hegemónico del “american way of life”, el cual –dicho sea de paso– adolece de raíces americanas ancestrales, el contrapeso aglutinador de las músicas jarochas como asidero cultural para un importante número de músicos, constituye, desde el punto de vista sociológico, uno de los aspectos más interesantes del momento actual que vive este género musical. El muro de contención ante el embate transculturizador, que oponen por medio del son jarocho como referente de mexicanidad, quienes han adoptado esta música es sin duda benéfico en tanto que fortalece el criterio de identidad y la noción de pertenencia dentro de un grupo cultural determinado.
En el caso del Estado de Veracruz, semejante fenómeno de masificación de las músicas jarochas, visto por fuera, ofrece una fuerza y un ímpetu considerables que le han permitido a este género asegurar su permanencia, cuando en México, otras músicas similares se encuentran irremediablemente en vías de extinción. Existen en efecto, miles de seguidores, los cuales –ya sea por gusto o como parte de su trabajo– interpretan en forma permanente los sones jarochos, o por lo menos lo más conocido del repertorio que comprende dicha música regional. Vista por dentro, esa vitalidad masificada junto con la creciente tendencia hacia la “arreglitis” y la “invención” de nuevas canciones en detrimento del repertorio de los sones que conforman el legado musical que se decantó a finales del siglo XIX, constituye una arma de dos filos que no garantiza automáticamente la permanencia de dicho legado. En ambos casos, la adopción masiva de las músicas jarochas, y su inserción en la jungla urbana donde éstas dejan de ser la principal opción musical comunitaria para convertirse en uno más de los géneros que componen el abanico sonoro citadino, implica un acercamiento esencialmente distinto de aquel que vivieron nuestros abuelos. La principal diferencia, lo sabemos, proviene del entorno socioeconómico como consecuencia de un cambio general de la sociedad al impulso del desarrollo y la modernización del país, que a su vez provoca la creciente urbanización. Sin embargo, dicho proceso no debe ser tomado como pretexto para darle intencionalmente la espalda al legado de los antecesores.
Una compleja contradicción
Este último punto representa lo que es quizás uno de los aspectos más difíciles de desenmarañar en su profunda contradicción : por una parte, hay que reconocer el pujante motor y la genuina necesidad que tienen los jóvenes actuales de desarrollar su propia vena creativa, lo que se traduce en el hecho de que ellos quieran inventar su propia música ; pero por la otra está la realidad –no menos contundente– de que al recibir un determinado legado, se adquiere también un compromiso ante la permanencia de ese bien cultural. O por lo menos, así debería de ser en el sentido de que no se trata nada más de recibir algo sin dar nada a cambio. Y en el caso de las músicas jarochas lo que cabría esperar de parte de las nuevas generaciones que reciben la herencia de una música a la que le costó un largo y difícil proceso sobrevivir hasta nuestros días, es precisamente que se ocupen en asegurar su permanencia, de tal suerte que cuando les llegue el momento de transmitirla a las próximas generaciones, sean capaces de hacer entrega de una música no solamente sana, sino que además conserve la esencia que dejaron los mayores.
Valdría la pena entonces preguntarnos como veracruzanos qué queremos hacer cada uno de nosotros con las músicas jarochas, o cómo entendemos nuestro compromiso (en caso de que se reconozca que lo hay), porque resulta demasiado sencillo caer en algunos de los dos extremos siguientes. Mientras que los seguidores de la tendencia a la “innovación” y la “apertura” del género hacia otras opciones sonoras aseguran que están “revitalizando la música”, y por lo mismo se favorece así su permanencia ; por el contrario, quienes se dejen llevar por un “conservacionismo a ultranza”, afirmarán que la mejor manera de “preservar” el género del son jarocho y demostrar “respeto” por los músicos de las generaciones que nos antecedieron, es tratar de tocar como ellos y no hacerle modificación alguna al género. Ambas posturas, llevadas hasta sus últimas consecuencias, terminarían por aniquilar el son jarocho : la primera por haberle hecho tantas “innovaciones” que llegaría un momento en que ya no se escuche el legado de las generaciones anteriores, y la segunda, por haberlo condenado a ser una música estática y detenida en el tiempo como pieza inerte de museo. No es sencilla la respuesta... depende de cada quien.
¡que siga la música !
Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.
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