¡Alto la música !
A finales del siglo XIX el ambiente que se vive en los fandangos es muy distinto al que reinaba justo antes de estallar la Independencia. Si en las postrimerías del siglo XVIII la fiesta jarocha se había constituido en una verdadera tribuna popular en la que se dirimían toda clase de cuestiones de orden social y era la ocasión de dar rienda suelta a las inquietudes políticas, al concluir el primer siglo de vida del México independiente, la situación es en más de un sentido distinta. Si bien el descontento popular se ha seguido acumulando y por lo tanto los ánimos se encuentran todavía más caldeados por el hartazgo frente a la desigualdad, existe –entre muchas otras– una diferencia fundamental : al estallar la Independencia el enemigo tenía una sola cara, la de la corona española ; pero ahora, justo antes de desencadenarse la violencia revolucionaria, las causas de la injusticia se han multiplicado. En términos generales, las grandes contradicciones históricas que viene arrastrando el país siguen sin resolverse y la desigualdad no hace más que acrecentarse.
En ese contexto los fandangos decimonónicos se ven sujetos a una fuerte presión : así como el descontento popular es mayor, también lo es la fuerza represiva y el control del régimen porfirista. La censura ha tejido amplias redes de vigilancia que desde hace años reprime los reclamos populares por una justicia que no llega. Lo increíble es que en medio de toda esa adversidad, el pueblo mexicano supo desarrollar y fortalecer sus propias expresiones, encontrando siempre la manera de sortear las dificultades que le impuso el porfiriato junto con toda la serie de gobiernos satélites estatales, una de cuyas últimas instancias de poder eran las grandes haciendas que controlaban enormes extensiones territoriales. En el plano local, la relación conflictiva entre ricos y pobres, hacendados y peones, abarca toda una gama de aspectos tanto materiales como espirituales. Se trata en realidad de dos mundos diametralmente opuestos que conviven sin que ninguno de los dos acepte del todo las reglas del otro. Veamos la siguiente anécdota narrada por el estadounidense Charles Macomb Flandrau, quien fuera dueño de una hacienda cafetalera en las cercanías de Orizaba, y publicó en 1908 su libro titulado ¡Viva México ! que más que un diario de viajes es un recuento de reflexiones sobre las costumbres y las tradiciones que existían en aquel entonces en esta región de Veracruz : “Un tal Agapito, cuyo bebé murió en nuestra hacienda, nos informó –después que nos condolimos adecuadamente y él nos aseguró que el bebé “estaba mejor con Dios”– ¡que a él y su esposa les daría un gran gusto hacernos el cumplido de celebrar el velorio en nuestra sala ! Desde luego, la situación se volvió instantáneamente delicada. Agapito anhelaba el prestigio que obtendría si le permitíamos colgar de la pared de la sala al bebé muerto –vestido con tela de mosquitero y azahares– y dejarlo allí, para edificación del vecindario, durante un día y una noche. Negarse era. Sin duda, ofenderlo, pero aceptar entrañaba sentar un precedente un poco macabro, imposible de ignorar en posteriores casos de aflicción. Como afirmó mi hermano, cuando nos alejamos para discutir el asunto, había que escoger entre herir los sentimientos de Agapito, y convertir la sala en una morgue perpetua”. (José N. Iturriaga. Atisbos forasteros a la historia de México. Frondas Nuevas. Ivec. Pág. 289). Aunque no describe directamente una escena de fandango, esta anécdota sí plantea una cuestión de fondo : la distancia entre dos mundos culturales que más que convivir coexisten en un mismo contexto. Más allá de la decisión de Flandrau, que seguramente fue la negativa de convertir su sala en una “morgue perpetua”, de lo que realmente se trata es de saber hasta qué punto llega a delimitarse la frontera entre ambas cosmovisiones, cada una con sus propias prioridades. El velorio de Agapito, que suponemos incluyó un fandango como luto festivo, se contrapone con la tranquilidad de la sala del hacendado. El prestigio a que alude Flandrau consiste en la posibilidad de invadir territorialmente el espacio vital del patrón, así sea a consecuencia del fallecimiento de un bebé que como sea “estará mejor con Dios”, sin soportar la injusticia que padecen sus padres por la explotación sistemática de que son objeto.
En este sentido, el fandango, se realice en la sala del patrón o bajo una enramada entre las chozas de los peones, será de cualquier manera escenario de una confrontación –en ocasiones más que simbólica– entre la opulencia del rico y la catarsis festiva del pobre. Aún sabiéndose vigilados y sometidos los participantes espontáneos en aquellos fandangos decimonónicos encontrarán la manera de compensar, acaso momentáneamente, la desigualdad que padecen recurriendo al único reducto de libertad que verdaderamente les pertenece : el de organizarse para celebrar –enlutada o no– su fiesta de acuerdo con sus propias costumbres, para darse así el gusto de expresarse y consolidarse dentro de su propia colectividad. Esa es la verdadera fuerza, el sentido profundo y a la vez íntimo del fandango.
¡que siga la música !
Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.
andrescimas@gmail.com



