¡Alto la música !
Es bien sabido que tanto el clero como el virreinato ejercieron un férreo control sobre la información general y la literatura que se divulgaba en Nueva España. Desde que se instaló la primera imprenta en América en la Ciudad de México en 1536, a petición conjunta del Virrey Antonio de Mendoza y del Obispo Juan de Zumárraga, ésta fue sometida a una férrea censura. Siendo el propio Zumárraga el primer inquisidor apostólico, él había prohibido terminantemente la introducción de libros profanos o de “historias vanas” para que los indios no los conocieran. Pero si las autoridades ejercían un implacable control sobre todos los naturales, no sucedía lo mismo con los propios súbditos españoles avencindados en el nuevo mundo. Todos aquellos soldados, comerciantes, aventureros y demás no se distinguían por ser particularmente devotos y piadosos ; por el contrario, como vencedores ejercían “su derecho de conquista”, en cuyo nombre cometían constantemente abusos y excesos –que no se les hubieran permitido en España– al amparo de la encomienda que se había sido otorgada por la corona.
Cantos y bailes profanos
Muchos de estos soldados y encomenderos, sabían, además de blandir la espada, tocar algún instrumento y eran portadores de bailes y cantos andaluces, gallegos, castellanos y extremeños, los cuales –al margen de lo que pudiera pensar o hacer la iglesia– fueron ampliamente divulgados por todos los rincones durante la Colonia. Estos cantos, como suele suceder con las expresiones populares, no iban –por decir lo menos– de acuerdo con las normas y los criterios clericales. De tal suerte que en las mismas academias de música y baile, como la que estableció Benito Bedel en 1526 en la Ciudad de México, acudían incluso algunos músicos indígenas que recibían también, por parte de los evangelizadores, una enseñanza en las formas de la polifonía sacra y el canto llano. Es precisamente, sobre la base de estas dos vertientes que con el tiempo se gestarían los aires y sonidos que terminaron decantándose en nuestros sones, danzas y huapangos mexicanos.

El baile pélvico de los esclavos africanos escandalizó tanto a los inquisidores que muchas
personas perdieron la vida por el supuesto delito de bailar deshinibidamente.
Foto de Manuel González de la Parra, tomada del libro "Luces de raíz negra".
El negocio del ébano humano
A estos dos elementos primigenios, se les sumaría también la impronta musical de los numerosos esclavos africanos que, como pujante negocio avalado y favorecido por la corona y el Vaticano, fueron introducidos por la fuerza en Nueva España. La esclavitud africana en la Colonia fue considerada como la mejor opción para suplir a una diezmada mano de obra indígena, que en menos de 30 años había quedado reducida al 10 % de su población original. Este eufemísticamente llamado “ébano humano”, después de concentrársele en las distintas islas caribeñas, era introducido a tierra firme por el puerto de Veracruz, para su posterior distribución y venta. La música con la que los esclavos, intentaban paliar su desdichada situación, tampoco fue bien vista por las autoridades coloniales, porque la consideraban “contraria a toda moral y las buenas costumbres”. La inquisición novohispana (1571-1820), persiguió, procesó, condenó y mató a un número considerable de personas cuyo supuesto delito consistía en “dar rienda suelta a sus pasiones” mediante cantos y bailes que los jueces consideraron impropios. Eran principalmente dos las razones por las que la inquisición prohibía tales desfogues populares : porque hacían alusiones eróticas “al dar barriga con barriga” los bailadores ; y porque en sus coplas solían mofarse de las autoridades exhibiéndolas en su doble moral, ya que por un lado predicaban el bien pero por el otro avalaban el mal. De todo, quizás esto último fue lo que más molestó a los inquisidores, la osadía de quienes se atrevían a cuestionar la autoridad que les había sido conferida “por mandato divino”...
¡que siga la música !
Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.
andrescimas@gmail.com
Recuadro del artículo :
Entre los múltiples sones cuyos bailes fueron prohibidos por el Santo Oficio de la Inquisición en México, destacan los siguientes : El Animal, El Catatumba, El Currimpamplí, El Chuchumbé, El Fandango, El Jarabe Gatuno, El Pan de Jarave, El Pan de Manteca, El Mambrú , El Saranguandingo, El Temor, El Toro, El Toro Nuevo, El Torito, El Zacamandú, La Cosecha, La Maturranga, Las Boleras, Las Lloviznitas, Las Pateritas, Las Seguidillas, Las Teranas, Los Chimisclanes, Los Garbanzos, Los Merolicos, Los Panaderos y Los Perejiles. Aunque seguramente no son los únicos, todos estos sones figuran en juicios levantados contra personas que tenían la “mala costumbre” de bailar con “ademanes, manoseos y zarandeos, contrarios toda honestidad (...) por mezclarse en el manoseo de tramo en tramo, abrazos, y dar barriga con barriga”. El resultado de tan feroz persecución inquisitorial es que finalmente los sones jarochos fueron despojados de todo tipo de baile pélvico ; y en buena medida también el fandango hizo de lado su sentido contestatario y de mofa ante quienes detentan el poder. Ya lo dice la siguiente sexteta : el son de tierra caliente donde quiera es aceptado ; es el baile más decente pues no se baila abrazado y por eso dignamente debe de ser comentado. Como sea, todavía hay que cuidarnos porque parece que algunos quisieran revivir la Inquisición.



