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La Jarana Primerita


¡Alto la música !

Empezó como un recuerdo despabilándose en el antojo de volver a ser. Al reacomodarse, hasta los momentos más vívidos se tornaron imaginarios. Es un cuento y no lo es puramente... Aún perdura en todos nosotros el buen sabor por el agasajo cordobés que nos brindaron los Soneros de Huilango el mes pasado. Disfrutamos los recuerdos y nos saboreamos las anécdotas, tanto como aquel exquisito chocolatito que nos preparó la Mtra. Gloria Trujano. Se entrecruzan las imágenes de los amigos y por ahí aparecen dicharacheros José Ángel, Teresita y Enrique Al Golpe del Gautimé, o pasa con su zancos el cuentacuentos Iván Zepeda. Regresan las sonrisas de Félix y Arcadio Baxin cual chanequitos soneros. Volvemos a las pláticas siempre amenas con Sonia López Mijangos, Jorge Luis Cruz Hernández, Román Morales Cadena y Las Morenas, los compas del Son de San Martín o Los Panaderos. Muchos fueron los amigos con quienes tuvimos el gusto de convivir en el Tercer Encuentro de Jaraneros y Decimistas de Córdoba. Con tantas y tan gratas vivencias, en su recuento no se da uno abasto. Inolvidable por ejemplo, la satisfacción que nos causó obsequiarle al “tocayito” Moreno Nájera la colección de dibujos del pintor Luis Rechy Una décima glosada a lápiz. Los Velorios Tuxtlecos. Es una manera de agradecer la enseñanza y la cordial sencillez de Los Cultivadores del Son. Pero sin duda el recuerdo que yo más ronrroneo de nuestro encuentro en Córdoba, es el del pequeño par de chiquitines Darío y Martín, sumados al deleite del festejo sonero. Pienso con gusto en todo lo que van ellos asimilando ya desde sus nueve y seis añitos...


Un cuento para tu hijo

Ya de vuelta, en este entretejerse las cosas tan común aquí en Xalapa, llegó un detonador inesperado. La librería Educal lanzó este mes la convocatoria de su concurso Un cuento para tu hijo. La ocasión resultó así propicia para plasmar gratos recuerdos. Al empezar a escribir, del borbollón de imágenes, sabores y sonidos, poco a poco fue decantándose la trama de una historia en la que se funden muchas otras. La emoción de ver a Darío en lo que realmente fue su primer fandango, se compaginó con las vivencias sanandrescanas que dieron pie a la décima sobre los velorios tuxtlecos. Todo supo acomodarse. El resultado es un breve relato que figura entre los ganadores de dicho concurso y que ahora comparto con nuestros amigos lectores dedicado a Gloria Trujano Cuellar. Así que sin más cuento ahí les va este.

La jarana primerita

Aquélla mañana Darío despertó particularmente sonriente. Irradiaba una emoción contenida, como volcado en sí mismo. Supimos después por qué... Salió tempranito para la ordeña y después de entregar la leche, como era sábado desayunó sin prisa y se fue con sus amigos a jugar pelota. Estaba tan distraído que cuando terminó el partido, olvidó recoger sus guantes de portero Darío y fue sólo gracias a la buena estrella de sus nueve añitos, que todavía los encontró cuando corrió a buscarlos en “la cancha”. O más bien, en aquel claro desbrozado que en el pueblo llamamos así. A media mañana, cuando ya el sol quemaba, volvió a casa donde, infatigable, su mamá supervisaba con entusiasta rigor cada mínimo detalle de los preparativos. No era para menos, celebrábamos los ochenta años de abuelita Elda y los invitados no tardarían en comenzar a llegar. Se nos fue la tarde en un constante ir y venir desde la callecita de tierra donde vive Darío, hasta el parque donde haríamos nuestro fandango. Aquel pequeño tramo que separa la casa del parque, parecía estirársenos a medida que se acercaba la hora ; pero finalmente quedó engalanado el parquecito para la fiesta.
Bajo hileras coloridas de papel picado, risueñas las muchachas dispusieron en la mesa la comida para el contingente jaranero. Colocaron varias cazuelas de tamales, junto a las charolas con los demás guisos y los garrafones de horchata o jamaica. No faltó la olla de café, ni tampoco el “té con té” para aclarar la garganta, según los entendidos. Por su parte, entre bromas, serruchos y martillazos, los muchachos terminaron muy a tiempo de armar las dos tarimas de madera de cedro. Orgullosos, las pusieron juntas a buen resguardo, bajo el toldo levantado para tan especial ocasión en el parque. Con el crepúsculo estallaron los cohetes anunciando el festejo. Poco a poco, entremezcladas de cocuyos, aquellas lucecitas de las linternas de mano que cual chaneques flotaban por los senderos que llegan al parque, se convirtieron en los grupos de músicos que se acercaban caminando con sus instrumentos guindados. Un poquito más atrás venían las mujeres bailadoras. A varias le cosquillearon los pies, nomás de ver la tarima...
Era una noche de cielo abierto, cuya luna llena auguraba un fandango de los buenos. Entrecruzábamos saludos los músicos, templando las cuerdas en afinación. De pronto, a la señal de “tío Félix” todos al unísono nos arrancamos al son del “Siquisirí”. Inundaron el parque los rasgueados de la jarana, los pespuntes de la guitarra de son, los trinos del arpa y los trémolos del violín. Retumbó el pregón : “Salgan a bailar muchachas que la música las llama”. No demoraron en acercarse las bailadoras, cimbrando cadenciosamente la tarima. El fandango se abrió, como al rocío la flor.
Fue entonces cuando jarana en mano, él apareció y muy concentrado se colocó al pie de la tarima. Algunos creyeron que sólo quería alardear. Darío no se inmutó y desde ese momento no paró de tocar. Uno tras otro, fue acompañando cada son y daba gusto ver con qué precisión colocaba sus deditos al cambiar los tonos. Hacía ya poco más de un año que se había él animado a aprender a tocar la jarana ; y esa noche, a sus nueve añitos vivió su primer fandango como cabal jaranero... Su mamá y yo ronrroneábamos de gusto viendo a nuestro hijo Darío con su jarana primerita. Ya de madrugada, hasta la luna se desveló en aquel memorable fandango. Fin.
Ya volveremos este verano a tierra sanandrescana, donde por supuesto velaremos y saborearemos ese exquisito caldo colorado tuxtleco llamado tataviyiyayo. Gozaremos nuevamente entre luces, rezos, risas, cantos, bailes, aromas y sabores tan entrañables que tiene esa bella serranía. Testimonios jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura. Gracias nuevamente a todos los amigos por las vivencias compartidas.

¡que siga la música !

Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.

andrescimas@gmail.com