¡Alto la música !
En los tiempos actuales en que la cantidad de cultores y seguidores que interpretan los sones jarochos, dentro y fuera del Estado de Veracruz, ha alcanzado niveles nunca antes vistos, resulta demasiado sencillo suponer que el nuevo auge garantiza, por si sólo, la permanencia de este bien cultural. Por otra parte, es imposible ignorar que la creciente globalización de la información es un arma de dos filos que en el ámbito del quehacer musical se traduce –entre otras cosas– en una suerte de moda que apuesta a la fusión de los más diversos géneros : son y rock, son y música tropical, son y balada, son y marinera, son y guaracha, y muchas otras variantes híbridas más. En un mundo frenéticamente volcado hacia el consumo y el manejo irracional de los recursos naturales de nuestro planeta –que ya acusa seriamente los golpes y abusos– no podemos pasar por alto la desaparición de las especies y los ecosistemas más frágiles, que en realidad son indispensables para el equilibrio ecológico global. Lo mismo puede decirse con respecto de las culturas y sus especificidades. Como bien lo señala Miguel León Portilla, “cada vez que desaparece una lengua o un idioma, se pierde irremediablemente la posibilidad de ver y entender el mundo desde un enfoque único e insustituible” ; en este sentido, cada vez que desaparece una música autóctona, se escapa la oportunidad de “escuchar la vida” desde una sensibilidad particular.
La ilusión del modernismo
La tendencia hegemónica, pugna desde los grandes medios de comunicación por uniformar el tipo de música que oye la gente. Todos los días, se nos pretende inculcar un “sonido del modernismo”, que bombardean metódicamente la televisión y la radio, no solamente en cortinillas promocionales, también mediante programas “especializados en el entretenimiento”. Se nos quiere hacer escuchar , y por lo tanto hacer creer, que todo lo que supuestamente evoque a las galaxias y lance a volar nuestra imaginación hasta el resplandor –acaso extemporáneo– de las lejanas estrellas (incluidas las pretendidas de carne y hueso), es necesariamente mejor que lo que puedan decirnos los anticuados y pasados de moda sonidos de un gran número de expresiones regionales que no alcanzan los reflectores mercantilistas de la industria musical y sus grandes monopolios disqueros. No faltará quien opine que precisamente en ese contexto, a las músicas jarochas no les está yendo tan mal en comparación con otros géneros mexicanos, puesto que se han convertido incluso en un producto de exportación que “compite” en los grandes mercados ; pero vale la pena preguntarse si es la exportación lo que importa. Ya durante la llamada Época de Oro, la industria cinematográfica mostró hasta qué punto fue capaz de trastocar las expresiones musicales populares que “redecoró y maquilló” para su difusión masiva. Es desde luego favorable que cualquier cultura dé a conocer sus rasgos distintivos, siempre y cuando en el proceso de divulgación no se diluya su esencia, bajo para el pretexto de “adecuarse a las necesidades del mercado internacional”. No cabe duda que los criterios mercantiles escénicos difieren considerablemente del sentido popular de autoconsumo que puede tener una expresión musical como el fandango, cuando se celebra –por ejemplo– en un velorio tuxtleco lejos de los reflectores. Lo que me parece muy delicado es que bajo pretexto de “adecuarse a los requerimientos mercantiles” se promueva la idea que de que nuestro pasado está pasado de moda, y por lo tanto nuestra música tiene que modernizarse ; como si todo lo moderno fuera infaliblemente benéfico para la humanidad. Del mismo modo, pretender, como lo hacen algunos jóvenes que se consideran muy “actualizados”, que las rondas infantiles ya no deben de enseñársele a los niños de hoy porque viven en el mundo “moderno”, es un grave despropósito que sólo favorece la profundización de las brechas generacionales. Es, por decir lo menos, muy peligroso que el deslumbramiento de la tecnología cibernética que predomina y marca el ritmo de nuestros tiempos, nos enceguezca al punto de no dejarnos entender la verdadera importancia de nuestro legado cultural ; puesto que éste es precisamente nuestro mejor asidero para oponer un muro de contención ante el hegemonismo transculturizador imperante. Las computadoras, es cierto, sí requieren de constantes actualizaciones, entre otras cosas para defenderse de los virus ; en cambio, nosotros corremos paradójicamente el riesgo de llenarnos el entendimiento de virus “modernizadores” si pretendemos “actualizarnos” desenfrenadamente ; y probablemente terminaremos por necesitar ser “reseteados”. Lo genuino jamás es obsoleto.
¡que siga la música !
Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.
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