¡Alto la música !
En una casa humilde de paredes de cañita y tabla con techo de palma y piso de suelo, nací yo en 1966, en Apixita. Es una comunidad principalmente náhuatl, perteneciente a San Andrés Tuxtla. Apixita significa donde nace el agua a borbotones. Mi padre Patricio Hidalgo Molina es campesino, sembraba arroz, maíz y frijol. Mi madre, Margarita Belli Reyes, trabajaba en la casa haciendo la comida, echando tortillas, dándonos amor y comprensión. Era muy montoso ahí, una comunidad sin luz, con pocas casas y mucho monte cerrado. De niño ayudé en las labores del campo, viendo y aprendiendo, pero sobre todo llevándole el agua a los jornaleros en tecomates del campo. Ahí cursé los dos primeros años de primaria y después en Mazumiapan, caminando una hora por pura vereda a través de milpas, cañales y zanjas. Mi papá nunca tuvo una jarana, pero antes de la guitarra me hizo mi primer instrumento, que era más bien un juguete. Hizo una especie de jaranita con una lata de sardinas y yo, así jugando como niño, le agarré gusto a la música. Me acercaba a donde estaban los señores tocando para fijarme cómo le hacían y según yo ya “tocaba” yo con ellos ; igual empecé así a zapatearle tantito.
compositor, interesado en la fusión de lo jarocho con
algunos géneros de origen africano como la conga, cuya
más reciente propuesta musical se denomina Patricio
Hidalgo y el Grupo Afrojarocho.
Mi primer instrumento
A mi papá le gusta cantar boleros y rancheras. Tenía muy buena voz y hasta la fecha se acompaña muy bien con la guitarra sexta. Cuando yo tenía cerca de 10 años, viendo mi interés. él me enseñó a tocarla. Aprendí ese repertorio e incluso llegamos a tocar en trío con mi papá y mi hermano Juan. Como no había luz eléctrica, pues no existía ni tele ni radio, y nos la pasábamos tocando por el puro gusto. Ya luego terminé la primaria en Tilapan, que fue cuando entró la rodada y se hizo la terracería. Hice allí también la telesecundaria. Yo recuerdo que un maestro nos leía mucha poesía ; con él descubrí –por ejemplo– a Nicolás Guillén y me impactó su Sóngoro cosongo. Nos leyó también a Quevedo y a los clásicos. Eso no venia en la guía, pero afortunadamente ese maestro nos compartió su gusto por todo eso. Yo por mi parte, comencé por ahí a escribir algunas cuartetas y me sabía ya un montón de versitos de los que echaban jornaleros mientras trabajaban. Yo desde niño aprendí versos.
Conocí a mi abuelo Arcadio Hidalgo Cruz como a los doce años, la primera vez que vine a Minatitlán. Entonces conocí también a Gilberto y a Juan Pascoe del Mono Blanco y ellos me regalaron un librito con la versada de mi abuelo. Después de la comida se pusieron a tocar y ya me fueron enseñando cómo poner los dedos en la jarana. Esa fue mi primera tocada de son jarocho ; luego nos dieron un aventón de regreso a Apixita. Gilberto me preguntó si sabía que mi abuelo era famoso ; que ha andado por casi todo el país, e incluso ya fue a Los Ángeles. “Don Arcadio se gana la vida así y nosotros también”. Yo, bien a bien, no sabía lo que era ser famoso, pues veía que los jaraneros de Apixita nomás tocaban en los velorios ; y nunca supe que anduvieran de gira, ni que ganaran dinero tocando. Esos viejos jaraneros tocaban en los velorios, cuando llegaba la Virgen y de vez en cuando se hacían fandangos por una boda o cosas así. Todavía alcancé a ver bailar a mi abuela Hipólita Molina, que fue una excelente bailadora. Aquella plática fue como una película que se me quedó en la cabeza y ya nunca perdí el contacto ni con los “Monos”, ni con la música.
Recuadro del artículo :
Patricio Hidalgo y el Grupo Afrojarocho
Todavía hoy se me revela un fandango memorable que se hizo en casa de don Esteban Utrera en el que se juntaron muchos músicos cuando yo era muchacho. Estaban los Utrera, la familia Vega, los Monos y otros tantos jaraneros. Así fui poco a poco conociendo lo que es el son jarocho, el peso que tiene el fandango como parte de la vida y la manera en que la comunidad admira a sus jaraneros. Eso me significó mucho. Tuve igualmente oportunidad de asistir a aquellos Encuentros de Jaraneros de Tlacotalpan, donde me impactó la personalidad de don Andrés Alfonso Vergara con su arpa ; y también la musicalidad de don Neftalí Rodríguez, o la declamación de don Guillermo Cházaro Lagos. Después, en la Boca San Miguel conocí a don Mario Vega, papá de Andrés “el Güero”, y por cierto, me enseñó un viejo son que se llama la Tapatía. Aprendí de todos un poco. A pesar de que me gradué como técnico agrónomo en Michoacán, gracias al apoyo de Gilberto y Juan, que vivían en un caso de hacienda que compraron allá, lo mío siempre ha sido la música. Al salir Juan del grupo, de alguna manera me pasó la estafeta y estuve con el Mono Blanco un tiempo. Me fui con ellos de gira, después al Cervantino ; comencé a recibir algo de dinero por tocar y cantar, y mi vida cambió. Viajamos mucho, yendo a festivales en el extranjero y conociendo México. Fue como un sueño hecho realidad...
Todo eso me fue transformando. Me fui haciendo de una versada propia y después comencé a escribir sones como el Caramba Niño, o las Cocineras y otros. En 1990 me salí del Grupo Mono Blanco para desarrollar mi propio proyecto. Llegué a Minatitlán donde ya estaban Liche Oseguera, Toño Sánchez, Samuel Aguilera, Gilberto Toledo y Andrés Flores. Hacia 1992 fundamos con Liche el grupo Chuchumbé, con el que anduvimos cerca de 17 años. Para mí, el Chuchumbé fue muy importante porque empezamos a tocar sones propios. Es precisamente en función de mi necesidad de hacer música propia que me interesé por el género de la conga, y me metí de lleno. Gracias a una beca del Fonca compuse 10 congas ; y también publiqué una compilación de versos llamada El Canto de la Memoria. A partir del 2005, cuando terminó el ciclo del Grupo Chuchumbé, y después de un breve lapso en que nos metimos en el proyecto Quemayama, decidimos –con los compañeros Zenén Zeferino y Andrés Flores principalmente– buscarle cada quien por su lado. Yo fundé mi taller La Gran Serpiente, Jarana, Canto y Versada, bajo el concepto de la definición del son tradicional. Y por otra parte, metí un proyecto en el Fonca para desarrollar sones afro-jarochos. Es algo que he traído de tiempo atrás, porque me interesa mucho la línea afro. Estoy componiendo los sones que ahora toco con este grupo que se llama Patricio Hidalgo y el Grupo Afro-Jarocho.
¡que siga la música !
Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.
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