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Se parece mucho a un arpa


¡Alto la música !

Frances Erskine Inglis, la Marquesa Calderón de la Barca en México

Su narrativa es elocuente. Fiel representante del espíritu humanista decimonónico europeo, la aristocrática esposa escocesa (Edimburgo 1806-Madrid 1882) de don Ángel Calderón de la Barca, le escribió a su familia –entonces radicada en Boston Massachussets– una serie de cartas narrando con gran vivacidad su experiencia en México. Para muchos, estas crónicas viajeras constituyen uno de los mejores libros que un extranjero ha escrito sobre nuestro país. El periplo que recorrieron dichas crónicas, aparentemente escritas sin la intención de ser publicadas como libro, es en sí una historia casi tan apasionante como las propias cartas. Baste aquí con señalar que de acuerdo a los criterios machistas de la época, a su esposo español le pareció conveniente con “las reglas de la etiqueta diplomática” que el nombre de su esposa se mantuviera en el anonimato. El libro La Vida en México, durante una residencia de dos años en ese país, se publico en efecto en 1843, primero en Boston y pocos meses después en Londres, pero de su autora solamente aparecen las iniciales C de la B.


Primer ministro plenipotenciario español en el México independiente

A raíz de la firma en Madrid, el 28 de diciembre de 1836, del tratado de Paz y Amistad entre México y España, don Ángel Calderón de la Barca fue nombrado primer ministro plenipotenciario de España en México. El matrimonio llegó a nuestro país el 18 de diciembre de 1839 y salió dos años después. La insaciable curiosidad de esta mujer protestante convertida –después– al catolicismo, se desbordó en cincuenta y cuatro cartas que constituyen un valiosísimo testimonio de época. Es de suponer que la omisión inicial del nombre de la esposa del Ministro Plenipotenciario, se debiera que dicha obra exhibía al mundo oficial, en un país en el cual su esposo desempeñaba un cargo público ; y el propio Calderón de la Barca temiera que dicha publicación no fuera bien vista en España.
Bien que mal, apenas recientemente había quedado atrás la inmisericorde labor inquisitiva colonial de Santo Oficio (tan santo como despiadado), cuya copiosa literatura daba cuenta de las “repugnantes” manifestaciones musicales populares, para denunciarlas y justificar su necesaria erradicación en aras de “las buenas costumbres”. La pluma de Marquesa en cambio, se inscribe dentro una nueva visión : ella como dama de “civilizada” alcurnia, no pretende erradicar nada. Consigna las cosas que ve con sencillez. Su mirada entre curiosa y sorprendida, no está por otro lado, exenta de un cierto filtro eurocentrista, sumado a su formación religiosa protestante.

Descripción detallada y sugestiva

Son múltiples y contrastadas las reacciones que causó este libro, tanto en México como en el extranjero. En el extenso prólogo escrito por Felipe Teixidor, de la obra publicada en primera edición de 1956 por Editorial Porrúa, cita a Manuel Toussaint (México 1890-Nueva York 1955) : ”Ningún viajero –dice– en ningún tiempo, ha hecho una descripción más detallada y más sugestiva de nuestro país... Se diría un naturalista que con potente microscopio analiza a los hombres y a las cosas. Pero conforme vamos penetrando en el libro, otras cualidades más humanas se nos ofrecen : en primer lugar, ese anhelo de encontrar todo lo bueno, ese corazón franco, siempre dispuesto a la sonrisa y a la emoción, esa sinceridad de juicio que habla de lo malo sin exagerarlo y está siempre dispuesto al entusiasmo discreto y fino que una mujer culta puede sentir frente a la naturaleza, sobre todo. Los libros de viaje son ,por lo general, o una caricatura desdeñosa o una sarta de falsos elogios aduladores. Muy pocas veces, como en este caso, sentimos la vida del que escribe, latiendo al unísono con las desventuras o dichas del país que visita...” Madame toca el arpa clásica
Llama la atención, como al irse compenetrando con la realidad del país, la marquesa parece matizar algunos de sus prejuicios iniciales. El siguiente ejemplo es muy ilustrativo : “Nuestra tertulia de anoche estuvo muy concurrida ; hubo mucha música y se bailó de lo lindo. Estas soirées semanales están teniendo decididamente muy buen éxito, y en ellas se reúnen las mejores familias de México haciendo a un lado la etiqueta, lo cual nos habían asegurado, al principio, que era imposible... Quizá es que ya me estoy familiarizando con la fisonomía de la mujer mexicana, el caso es que me pareció ver reunidas muchas bellezas, y en la calidad de las voces, son tan comunes en México como raras en Inglaterra”. Y sigue : “Un acaudalado senador, Don Basilio Guerra, ofreció a la Virgen que mandaría decir una misa suntuosa cada año en la Catedral en la recordación del nacimiento de Nuestro Salvador, la mañana de la víspera de Navidad. La parte musical de la misa es ejecutada solamente por aficionados, y casi todas las jóvenes de México dotadas de buena voz participan en ella. Me indujeron, contra mi voluntad, a prometerles que tomaría una parte insignificante, como es el acompañamiento de arpa, en el Incarnatus”. La marquesa escribe esto el 20 de diciembre de 1840, a casi un año de haber llegado a México.
En nuestro caso, las referencias que hace Madame Calderón de la Barca respecto a la música en México son particularmente interesantes, entre otros, por dos importantes motivos. Ella no solamente tenía una formación musical, sino que además era ejecutante de arpa clásica ; es decir aquélla que tiene pedales para obtener los medios tonos. Llama la atención sin embargo, que su misma condición de ser músico con formación académica le impide –por lo menos al inicio de su visita– ponderar la expresión musical popular mexicana. Su escucha es europea. Vale la pena citar aquí, un fragmento de la primera carta que escribe ya en México, cuarta de su libro, a escasos dos días de haber desembarcado en el Puerto de Veracruz : "Regresamos a la casa, y oímos a unas señoritas tocar el arpa, como llaman aquí a un instrumento pequeño, ligero y con la misma forma, pero sin pedales, y tan leve que se le puede levantar con una mano, y sin embargo, su sonido es sorprendente ; tocaron una melodía tras otra, un tanto monótonas, pero con gran facilidad y cierta ejecución, a lo que hay que agregar el mérito de que ellas mismas se enseñaron a tocar." Recién abiertos al país, los ojos de Madame no aciertan a reconocer el instrumento como tal. Simplemente señala su similitud con el arpa que ella conoce. Pero en realidad, el dato más significativo que nos aporta este breve párrafo, es la constatación de que los sones populares (jarochos) eran ya en aquel entonces, comúnmente interpretados por las niñas de la alta sociedad. Ése sí que es un testimonio relevante...

¡que siga la música !

Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.

andrescimas@gmail.com