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Señor Presidente le vengo a avisar


¡Alto la música !

A finales del siglo XIX el ambiente que se vive en los fandangos es muy distinto al que reinaba justo antes de estallar la Independencia. Si en las postrimerías del siglo XVIII la fiesta jarocha se había constituido en una verdadera tribuna popular en la que se dirimían toda clase de cuestiones de orden social y era la ocasión de dar rienda suelta a las inquietudes políticas, al concluir el primer siglo de vida del México independiente, la situación es en más de un sentido distinta. Si bien el descontento popular se ha seguido acumulando y por lo tanto los ánimos se encuentran todavía más caldeados por el hartazgo frente a la desigualdad, existe, entre muchas otras, una diferencia fundamental : al estallar la Independencia el enemigo tenía una sola cara, la de la corona española ; pero ahora, justo antes de desencadenarse la violencia revolucionaria, las causas de la injusticia se han multiplicado.

En 1896, la Perla del Papaloapan adoptó el nombre de Tlacotalpan de Porfirio Díaz ; después, al estallar las reyertas revolucionarias dicho apelativo cambió

Es probable que por esas fechas surgiera el son jarocho denominado El Presidente o El Justicia. “Señor Presidente le vengo a avisar que sus animales se le iban a ahogar”.La referencia directa que hacen sus coplas a la figura del presidente, sugiere que el pueblo ya se había acostumbrado a la presencia más o menos estable de un mandatario y en este sentido, este son podría coincidir con la predilección que tuvo Porfirio Díaz por determinados lugares del Estado de Veracruz. En 1896, Tlacotalpan adoptó el nombre de Tlacotalpan de Porfirio Díaz quien solía visitar la pequeña perla ribereña del Papaloapan, declarada 31 años atrás ciudad, en 1865. Después, al estallar las reyertas de la Revolución dicho apelativo cambió. De acuerdo con el perfil estilístico del son del Presidente, que corresponde al son serrano tanto por su melodía como por su estructura rítmica, se puede inferir que éste se mantuvo dentro de un área reducida de la región jarocha ; y como tal, formaba parte de un repertorio que no todos los músicos compartían. Es de suponer que las coplas que se entonaban en este son, podían variar tanto en el nivel de crítica –más o menos abierta– hacia el dictador ; o por el contrario, podían también servir para exaltar la figura del presidente benefactor de acuerdo con las circunstancias en que se tocaba.
En medio de las dificultades, el pueblo mexicano supo desarrollar y fortalecer sus propias expresiones, encontrando siempre la manera de sortear las dificultades que le impuso el porfiriato con toda la serie de gobiernos satélites estatales, una de cuyas últimas instancias de poder local consistía en las grandes haciendas que controlaban enormes extensiones territoriales. De hecho, es a finales del siglo XIX que las músicas jarochas, como expresión popular de autoconsumo alcanzaron, si no el momento de mayor plenitud, sí por lo menos un primer gran auge como género musical con características propias claramente definidas dentro de su región nativa.

Recuadro del artículo : Una anécdota decimonónica

Hacia finales del siglo XIX, en el plano local la relación conflictiva entre ricos y pobres, hacendados y peones abarcaba toda una gama de aspectos tanto materiales como espirituales. Se trata en realidad de dos mundos diametralmente opuesto que conviven sin que ninguno de los dos acepte del todo las reglas del otro. Veamos la siguiente anécdota narrada por el estadounidense Charles Macomb Flandrau, quien fuera dueño de una hacienda cafetalera en las cercanías de Orizaba, y publicó en 1908 su libro titulado ¡Viva México ! Más que un diario de viajes es un recuento de reflexiones sobre las costumbres y las tradiciones que existían en aquel entonces en esta región de Veracruz :
Un tal Agapito, cuyo bebé murió en nuestra hacienda, nos informó –después que nos condolimos adecuadamente y él nos aseguró que el bebé “estaba mejor con Dios”– ¡que a él y su esposa les daría un gran gusto hacernos el cumplido de celebrar el velorio en nuestra sala ! Desde luego, la situación se volvió instantáneamente delicada. Agapito anhelaba el prestigio que obtendría si le permitíamos colgar de la pared de la sala al bebé muerto –vestido con tela de mosquitero y azahares– y dejarlo allí, para edificación del vecindario, durante un día y una noche. Negarse era. Sin duda, ofenderlo, pero aceptar entrañaba sentar un precedente un poco macabro, imposible de ignorar en posteriores casos de aflicción. Como afirmó mi hermano, cuando nos alejamos para discutir el asunto, había que escoger entre herir los sentimientos de Agapito, y convertir la sala en una morgue perpetua”.(*)
Esta anécdota, si bien no describe directamente una escena de fandango, sí plantea una cuestión de fondo : la distancia entre dos mundos culturales que más que convivir coexisten en un mismo contexto, en este caso el de una hacienda cafetalera veracruzana. Más allá de la decisión de Flandrau que seguramente fue la negativa de convertir su sala en una “morgue perpetua”, de lo que realmente se trata es de saber hasta qué punto llega a delimitarse la frontera entre ambos mundos, cada uno con sus propias prioridades. El velorio de Agapito, que debió incluir la celebración de un fandango como luto festivo, se contrapone con la tranquilidad de la sala del hacendado. El prestigio a que alude Flandrau consiste en la posibilidad de invadir territorialmente el espacio vital del patrón. En este sentido, el fandango, se realice en la sala del patrón o bajo una enramada entre las chozas de los peones, será de cualquier manera escenario de una confrontación –en ocasiones más que simbólica– entre la opulencia del rico y la catarsis festiva del pobre. Aún sabiéndose vigilados y sometidos los participantes espontáneos en aquellos fandangos decimonónicos encontrarán la manera de compensar, acaso momentáneamente, la injusticia que padecen recurriendo al único reducto de libertad que verdaderamente les pertenece : el de organizarse para celebrar –enlutada o no– su fiesta de acuerdo con sus propias costumbres. Esa es la verdadera fuerza, el sentido profundo y a la vez íntimo del fandango.

¡que siga la música !

Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.

andrescimas@gmail.com


(*)Atisbos forasteros a la historia de México. José N. Iturriaga. Charles Macomb Flandrau. ¡Viva México ! Frondas Nuevas. Ivec. Sec. Editora de Gobierno. México, 2003. Pág. 289.