¡Alto la música !
Cualquier músico jarocho que haya participado en un fandango de reglamento como los que describe Félix Baxin Escribano, sabe que para el buen desarrollo de un fandango se requiere de la presencia reguladora de un músico mayor en quienes los participantes depositan su confianza y respetan como autoridad moral y desde luego también musical. Cuando no sucede así y varios músicos intentan imponer su criterio personal, la situación se complica ; pero si en un fandango todos quieren comportarse como guías morales y musicales, y todos pretenden ejercer su supuesta autoridad, entonces ya es prácticamente imposible alcanzar una mínima armonía entre los participantes. Existe una correspondencia, tristemente, casi infalible que hace que a mayor número de participantes, menor calidad musical y menor calidez humana hay en un fandango. Esta proporción se multiplica exponencialmente con la proliferación actual de los “abuelos precoces” y llega a convertirse en una bomba de tiempo cuando a la saturación del frenetismo de la novatez se le añaden alcohol y anexas.
rural. La foto fue tomada aproximadamente en 1989.
"Sectores” sonoros
No faltará quien considere que esta afirmación es exagerada y ojalá lo fuera. En lo personal, he podido constatar como en este tipo de catarsis sobrepoblada, un sector de músicos está tocando con una afinación, mientras que otro contiguo tiene otra y todos suenan juntos al pie de una atiborrada tarima. Y no solamente eso, sino que además en el entarimado no alcanza una pareja de bailadores a subir, cuando ya los está empujando otra a bajarse, en lo que más que un baile parece una lucha libre ; mientras un tumulto de voces se arrebata la copla aunque queden responsos inconclusos. No digo que siempre suceda así, pero sabemos esto que sí llega a pasar. Cuando se alcanzan tales extremos de frenesí, la mayoría de quienes están inmersos en su “sector” en este tipo de aglomeraciones sonoras, se ocupa tanto por escucharse a si mismo que deja de escuchar el todo ; de tal suerte que por increíble que parezca, los participantes “gozan” de un fandango, que quien lo escucha desde fuera percibe más como el estruendo de la cacofonía, que como la armonía de un son. Bajo la lógica de la oferta y la demanda, a mayor “demanda” fandanguera –y en ocasiones en verdad llega a ser tumultuaria– la “oferta” musical del fandango se enrarece. En este sentido, quienes dentro del movimiento jaranero sostienen que el fandango es la máxima expresión del son jarocho y en base a un discurso de supuesto “rescate de la tradición”, descalifican arbitrariamente a las demás vertientes estilísticas, incurren, por decir lo menos, en la exageración y la falta de autocrítica. En el siglo XIX, el fandango fue –efectivamente– la fiesta popular más importante en el ámbito rural jarocho pero esto no significa que en la actualidad el papel de dicho festejo musical sea el mismo. En un contexto atiborrado de bombardeos comerciales por todos los medios posibles, donde la televisión es vista por muchos casi religiosamente y el internet tiende a reemplazar a los libros, las cosas no siempre son lo que parecen.
Recuadro del artículo :
Fandangos de reglamento
El término fandango de reglamento, empleado por los músicos jarochos que mantienen su legado musical vinculado con el campo, no significa que exista un compendio de leyes o pautas de comportamiento establecido que se deba seguir al pie de la letra. Por el contrario, se trata de una regla no escrita, de una visión cultural compartida que se fundamenta en el respeto a los viejos ; y es precisamente porque parte de ese respeto a los mayores que no necesita escribirse. Cabe recordar aquí la manera en que lo explica Félix Baxin Escribano : “Le llamaban los mayores que “había reglamento en el fandango”. Se ponían de acuerdo unos cuántos : “Si viene uno ya medio rascado, tú lo agarras y si trae algo yo le quito lo que traiga. Si es necesario lo vamos a amarrar nosotros mismos y ahí que se amanezca...” Así por ejemplo, si alguno se ponía a gritar de más echando bulla, lo aplacaban y obedecía. La orden era que había que sacar bien la fiesta toda la noche, sin problemas ni nada de eso. Esa era la orden de los mayores y en verdad se cumplía. Para la música era lo mismo. Yo veía cómo los señores, entre ellos mi papá, se ponían de acuerdo : “Aquí vamos a poner un reglamento en el fandango. En los sones de parejas, cuando ya terminó de zapatear el compañero que va a entrar a bailar ; que ya terminó la versada y ya también ya él dio todo, entonces puede entrar otra pareja”. Para los sones de a montón, como había muchas mujeres bailadoras, señoras de edad y también bastantes muchachas que estaban aprendiendo, entonces se subían a la tarima dos señoras mayores y dos muchachas que eran así guiadas por las bailadoras veteranas. Al terminar cada versada, entraban otras cuatro y así se iban turnando las bailadoras hasta que acababa el son”.
Es decir que lo que hace funcional a un fandango de reglamento no es la imposición, sino el acatamiento de manera natural por parte de los participantes de una serie de códigos y valores sociales implícitos, ante los cuales a nadie en su sano juicio –y menos aún a los jóvenes– se le ocurre saltarse las trancas. Desde luego este tipo de valores entendidos que se transmiten de una generación a otra por tradición oral, son tan sutiles y delicados que cuando se rompe el puente del conocimiento el legado es desenraizado. En muchos de los jóvenes urbanos actuales que han aprendido los sones mediante talleres de zapateado, es palpable la carencia de estos valores implícitos, por lo que a veces, más que un festejo compartido armoniosamente, los fandangos parecen una confrontación de todos contra todos. Si la música es un juego de sonidos y silencios, y la conversación es la alternancia entre la emisión y la recepción de conceptos verbalizados, el fandango debiera entonces ser la alternancia entre conceptos musicalizados y no un diálogo de sordos.
¡que siga la música !
Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.
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