¡Alto la música !
Desde el inicio de la conquista, la evangelización fue una cuestión prioritaria para los Reyes de España. Era de hecho un compromiso real, ya que de acuerdo con la bula papal de 1493, el Papa Alejandro VI entregó las tierras recién descubiertas a la Corona Española, bajo condición de que ésta asumiera el compromiso de evangelizar a los indios. La música entonces, fue uno de los primeros puentes de entendimiento entre ambas culturas ; y como bien lo observó el propio Fray Bartolomé de las Casas, la notable musicalidad de los naturales, facilitó el que a través de la música sacra adoptaran el nuevo credo. Se puede entonces afirmar, que desde su llegada, irrumpieron simultáneamente en Nueva España, la música sacra y las tradiciones musicales profana populares de los aventureros españoles. Ambas constituyen –sin duda– la base principal, aunque obviamente no la única, de lo que a partir del siglo XVI se conformaría como un género musical popular mexicano ; al cual después de la Independencia, en el siglo XIX, se le denominaría son jarocho.
Para hablar del cimiento indígena primigenio del son jarocho, es necesario aclarar, que aquel puente novohispano de entendimiento musical señalado, se tendió exclusivamente para las expresiones musicales de los conquistadores. Este hecho resulta particularmente relevante, porque no debemos olvidar que el rigor punitivo del Oficio de la Santa Inquisición fue tan implacable y cruento, que logró erradicar drásticamente las prácticas y los códigos musicales prehispánicos. Solamente en la medida en que los indígenas aceptaron ceñirse al nuevo discurso musical europeo, pudieron dar cauce a su musicalidad interna. Nunca más pudieron los mexicanos retomar su propia estética musical prehispánica ; ni tampoco desarrollar un lenguaje musical que recreara las características morfológicas de los instrumentos originales de sus antepasados. En este sentido, aunque nos duela reconocerlo, no existe hoy en día en México, una sola manifestación musical que se pueda considerar como puramente prehispánica. La música de los antiguos mexicanos calló para siempre. Cayó... y también calló.
una sonaja o ayacahtli (a) ; sostiene además una flor (b). A la izquierda,
sentada, Macuilxóchitl toca con las manos un huéhuetl, al tiempo que
de su boca salen dos volutas seguidas por el signo del canto ; formado
éste por una gran voluta coronada en una flor. Códice Borbónico, p. 4
Testigos enmudecidos
Ha quedado eso sí, una cantidad considerable de referencias, en códices, murales y escritos de época, respecto a la importancia que la música tenía para las culturas prehispánicas. Incluso sobreviven hasta la fecha, algunos instrumentos originales de aquellos Teponaxtlis, Huehuétls (tambores) o Tlapitzallis (flautas) ; pero aunque su simple presencia es imponente y evocativa de lo que pudo haber sido su música, la verdad es que nunca lo llegaremos a saber con certeza. Paradoja de la historia, ese silencio es como un grito que nos golpea irremediablemente. Tomemos por ejemplo, el interesantísimo estudio que hizo Charles Boiles sobre la flauta de Tenexpan. En él se describen detalladamente las posibilidades acústicas del instrumento. Éstas incluso sirven de base para inferir ciertos códigos o escalas musicales prehispánicas específicas. Aún así, lamentablemente dicha información no nos permite conocer cómo sonaba en realidad, la música prehispánica que se tocaba con este tipo de flautas. El abismo musical es tremendo ; tanto como pretender deducir cómo es la música occidental, basándose únicamente en la escala cromática de medios tonos.
Por otra parte, el contundente mutismo a que la historia nos obliga, y la imposibilidad real de escuchar cómo era verdaderamente la música prehispánica, no significan tampoco que nada, absolutamente nada de aquella estética antigua, se haya logrado transmitir o trasmutar en la creación de nuestras expresiones musicales populares mexicanas ; y entre ellas, por supuesto, el son jarocho. Lo que sí queda claro, es que no es tarea fácil encontrar y reconstruir con precisión, cuáles son los ingredientes de origen prehispánico que prevalecen en el complejo genérico del son en México.
Los Tocotines
Otro rubro que nos arroja cierta luz con relación a la música prehispánica y su influencia en la música indígena y mestiza novohispana, se refiere a los llamados Tocotines. Existen referencias del tocotín, tanto en la literatura como en la música. El significado mismo del término tocotín presenta diversos matices. Se le consigna, por ejemplo, como una danza prehispánica, a la que algunos autores describen como una celebración de la primavera. Igualmente, Méndez Plancarte le confiere un sentido onomatopéyico supuestamente relacionado con el ritmo de la danza : “toco, toco, toco”. Por su parte, Octavio Paz señala que tocotín se llamaba a la letra escrita en náhuatl o que incluía muchos aztequismos. Sor Juana, en una abierta reivindicación de la cultura prehispánica, incluye tocotines en su obra dramática, en forma de loa o como despedida. Por su parte, varios estudiosos, entre ellos Miguel León-Portilla, Pablo Castellanos y Vicente T. Mendoza, coinciden con Sahagún, en su conclusión de que las sílabas Ti-Qui-To-Co-Ton representan una escala pentafónica de tipo Do-La-Sol-Mi-Re ; “siendo de lógica elemental el percibir que la i resulta más aguda que la o”. Actualmente, prevalecen en Veracruz diversas danzas tradicionales llamadas “de los tocotines”, por ejemplo en Acatlán, Coatepec, Huayacocotla, Jalacingo y Xico. Es probable que su nombre se deba al hecho de que originalmente, se intercalaban en ellas parlamentos en náhuatl y en español. Sin embargo, por más referencias que podamos consultar, nunca podremos saber cómo sonaban aquellos tocotines prehispánicos.
Con respecto a la antigua musicalidad indígena en la conformación del son mexicano, es pertinente destacar las observaciones siguientes. 1-. No existe en México un solo género musical que se pueda considerar como una continuación directa y artísticamente pura de la música prehispánica ; libre de toda influencia europea. 2-. El desarrollo de una estética musical propia, tanto indígena como mestiza mexicana, se tuvo forzosamente que adaptar a los criterios y cánones de la música europea ; tanto la sacra de la iglesia como la profana de los soldados. 3-. El sentir y la sensibilidad musical inherentes en el mexicano –indígena y mestizo– prevalecen como la capacidad de expresarse creativamente dentro de los esquemas occidentales impuestos por los evangelizadores. 4-.La música folclórica mexicana presenta características distintivas que la definen como una expresión original, desarrollada dentro de contextos regionales específicos. En cuanto la música prehispánica, ese silencio seguirá gritándonos...
¡que siga la música !
Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.
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