¡Alto la música !
Es un privilegio vivir una tradición compartiéndola en familia. Como mamá, como música y decimista –nos enamoramos en cuarteta obligada– mi esposa Nancy Correa Grande y yo, inculcamos orgullosos el amor por México a nuestros dos pequeños hijos : Darío de nueve años y Martín de seis. Ambos están creciendo veracruzanos, aunque ya desde antes de vivir en Xalapa escuchaban nuestros sones en el arpa y la jarana. Ella fue nuestra festejada en casa este 10 de mayo.
Vivir es ofrendar
Mis abuelos maternos eran de Hidalgo, donde mantenían costumbres y rituales sincréticos, como el ofrecimiento de flores, la búsqueda y adorno de una rama en diciembre o el altar para los muertitos. Mi abuela cantaba en náhuatl y otomí. Por el lado paterno, mi abuela que era guerrerense bailó el son de artesa y mi abuelo hidalguense bailó huapango. Mis padres recuerdan que de pequeños también bailaron eso, al igual que danzas como las de las flores o la de los arcos. Ellos siempre nos hablaban de las tradiciones que vivieron en su infancia y nos animaron a no alejarnos de ellas. A pesar de haber crecido en el ambiente urbano del D.F., siendo yo una niña, tuve la oportunidad de ingresar junto con mis hermanas a la tradición de los concheros. Nos atrajo porque a través de ella nos involucrábamos precisamente en aquel México profundo que evocaban los abuelos. La conchería comprende dos elementos principales : la danza que maneja simbolismos sincréticos relacionados con el ciclo agrícola y el maíz ; y también la velación, donde desempeñan un papel importante los arreglos florales, la luz y las alabanzas. Para mí, fue muy significativo participar en la peregrinación conchera en 1992. De hecho, fue gracias a los concheros que yo de niña visité Veracruz. Entre 1979 y 1985 fuimos tres veces a danzar a Tlacotalpan y yo quedé maravillada por los fandangos callejeros y con la amabilidad de la gente. Los “apaches” nos decían, pero la verdad es que nos trataron muy bien y yo me di el gusto de hacer mis “primeros pininos” en el zapateado. Aquellos viejos capitanes concheros que con genuino fervor vivieron su tradición, guiados por el legado de las “ánimas conquistadoras” me aportaron mucho. Con ellos descubrí que significa “flor y canto” y aprendí que vivir es ofrendar, por lo que siempre les estaré agradecida.
Sor Juana y la Trova Lunar
La última etapa de mi adolescencia la pasé en Hidalgo, en el Valle del Mezquital. Durante la secundaria y la preparatoria, participé en algunos ballets folclóricos, pero definitivamente los cuadros que más me gustaba bailar eran los huastecos y los jarochos. Disfrutaba sobre todo, la alegría del zapateado. Por aquellos años tuve la dicha de conocer la huasteca y bailar huapango popular, no el del ballet. Pude convivir con gente hñahñú que también vivía con devoción sus rituales y sus cantos. Ya después, de vuelta en el D.F. participé con unos amigos en un grupo llamado la Trova Lunar, con el que montamos –entre otras cosas– algunas poesías de Sor Juana que llegaron a sonar bastante bien. Eran básicamente jaranas, requinto, guitarra y percusiones. Yo ya había tenido en la escuela un primer acercamiento muy bonito a la poesía de Sor Juana. Incluso me tocó hacer de tarea una décima. Ya sabía tocar la concha, pero no tenía todavía jarana, por lo que en la Trova Lunar yo tocaba percusiones y hacía coros. Estando en La Trova, un día se acercó con su arpa Andrés Barahona, y fue precisamente por la afinidad de intereses en nuestra forma de querer a México que nos casamos. Como él ya tocaba el son desde hace años, pude entonces sí comenzar a jaranear. El me regaló un pandero jarocho que tenía del tiempo de José Aguirre “Viscola” y había sido de Evaristo Silva “Varo”. Nos fuimos a vivir a Cuernavaca en 1996. Andrés se dedicó de lleno a sus canciones para niños, pero no faltaban ocasiones para tocar juntos sones jarochos o visitar amigos en Veracruz.
Vientre, rebozo y “cantana”
En 1998, Andrés Moreno Nájera nos invitó a coordinar la grabación de Los Cultivadores del Son, titulada Homenaje a Los Juanitos. Fue una experiencia inolvidable, la convivencia con esos dos grandes músicos tuxtlecos. Tenemos mi esposo y yo, la satisfacción de haber ayudado a que quedara registrado aquel momento tan especial e irrepetible de este grupo tan importante dentro de la tradición sonera. Recuerdo que Andrés Moreno me dijo : “espero que la próxima vez que vengan, ya sea como papás”. Afortunadamente así fue, al año siguiente volvimos a San Andrés Tuxtla con Darío en brazos. Después, a Martín le celebramos sus tres primeros cumpleaños en Tlacotalpan, durante las fiestas de la Candelaria. Yo creo que nuestros dos hijos son tan musicales, entre otras porque escucharon el arpa de su papá desde que estaban en mi vientre ; y también porque yo me los llevé al fandango dentro del rebozo. Bailaba yo sones de a montón... y pilón. Hoy en día, como familia sonera nos llamamos Cantana porque cuando Darío empezaba a hablar así le decía a la jarana. Ya fuera a través de la música o por las amistades, el caso es que Veracruz siempre estaba presente en nuestra familia. Finalmente, en 2007 nos vinimos a vivir a Xalapa. Aquí, obviamente el son jarocho sigue creciendo dentro de nuestra familia, pero ahora como familia nosotros crecemos siendo también parte del Estado. Darío y Martín se ven radiantes saboreándose Veracruz, como niños soneros, cantando ramas, despidiendo viejos, mojigangueando y hasta fandangueando. Andrés está feliz de haber vuelto al terruño. Y yo cada vez descubro nuevos motivos de satisfacción como mujer, por ser felizmente mamá, esposa, amiga y ahora orgullosa veracruzana. Que florezca la luz...
Estamos bien amarrados
con una Correa Grande :
es Nancy y por donde ande
nos lleva dentro prendados.
Hoy los cuatro involucrados
en nuestro son vamos ya
con el gusto que nos da
el ser familia sonera,
por eso a nuestra manera
decimos : ¡Gracias mamá !
¡que siga la música !
Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.
andrescimas@gmail.com



